Cuentos de la vida real.
Hilenis Salinas

Esta historia es distinta a todas las demás, es tomada de la vida real, sin ser tan real. Había una vez en un barrio pobre un niño llorando en un cartucho, una madre en un hogar, –bueno en el que un día fue hogar– llora un padre en una cárcel lejana y grita:
_Yo no maté a nadie, esta es una injusticia como tantas que hay en este mundo, ¡soy inocente!.
Pero solo los barrotes de su cuarto parecen escucharlo, y en el fondo él sabía que moriría de viejo en ese país, que no era su país y en esa celda que no era nada parecido al calor de su horrible hogar.
En un gran palacio toda la gente está sonriente:
_Brindemos porque en esta nueva extradición gano más puntos. Ahora si me bañaré en oro, aunque otros mueran de hambre. ¡Otro más a Estados Unidos, otro más al calabozo!”. _Dijo el gran jefe.
Su hija de quince años lo había escuchado todo, llora, se da cuenta que su padre es un monstruo y decide marcharse. Organizan de todo, desde tropas contraguerrilleras hasta la misma Cruz Roja. Buscan a la niña por todas partes, pero se había ido, y no la encontrarían a menos que ella lo quisiera. Pasan los años, el hombre envejece y su hija no aparece.
_Señor presidente, es hora de ir a un pueblo miserable. _Dice un servidor_ para su campaña.
En el pueblo todos lo alaban, bueno, es el gran presidente, el de todos, el mejor de los últimos años, en serio, ¡que emoción!. Pero, una mujer de un horrible aspecto busca mil maneras de acercarse y le dice al oído:
_¿A cuántos les has destruido la vida por estar en este puesto?. Hasta a mí, tu hija, me la arruinaste. Padre, eres un horrible monstruo, no mereces ni la muerte, en el cielo no te quieren y en el infierno les parece asqueroso”.
El hombre busca explicaciones, pero antes de que pueda reaccionar un francotirador se da cuenta de la intrusa, apunta y no falla, directo al corazón. La mujer cae en los brazos del presidente, se desangra, pero no teme a morir, ya estaba muerta desde el día que descubrió lo malvado que era su padre. Mil doctores, mil maneras de salvarla, pero nadie pudo hacer nada, nadie lo logró…murió. Ahora si se había ido para nunca más volver.
Después del duelo no les puedo mentir, ni mucho menos darles un final feliz, eso en este mundo no existe. Después del duelo el gran presidente ganó otra vez la jefatura del país y siguió destruyendo las vidas de los hombres que estaban contra él, siguió encerrando a los pobres para tapar sus faltas y siguió ganando dinero con la pobreza de su pueblo –ese que lo elige cada periodo y está seguro que es el mejor– mientras que el niño en el cartucho de su barrio pobre siguió llorando a su padre en la lejanía.
Este es el fin de mi cuento, aunque la historia continúa…
 * Comunicadora social.