REVISTA VESTIGIOS

El encargo social del maestro con los jóvenes de hoy.


Edwar Buelvas Mendoza*

Estamos asistiendo a un cambio radical de estructuras y si no cambiamos la nuestra nos la cambian a nosotros. Hay un nuevo orden mundial, donde lo que era ya no es. Cuando creímos tener todas las respuestas y sabérnoslas todas, nos cambiaron todas las preguntas y nos quedamos en el aire. Los estudiantes nos están pegando un grito fuerte, desesperado y desesperanzado. Se presenta ante nuestros ojos una nueva cultura, llena por demás de complejidad y aires globalizadores. Una cultura de la incertidumbre, de la sospecha, de la evasión de lo doloroso y del acogimiento de lo placentero, donde es más importante el gusto que el asunto, la imagen que la palabra, los ídolos pasajeros que los dioses eternos, los amigos de gallada que los preceptores consejeros, llámense maestros o padres. Por eso en educación se relativiza el conocimiento, se multiplica la información a tal punto que no podemos organizarla, relacionarla ni interpretarla en forma absoluta. Se plantea la integralidad en la formación y la interdisciplinariedad en las áreas del conocimiento y la transversalidad en la acción educativa. Pero nosotros seguimos aislados en parcelas de la información de la cual ni siquiera tenemos el control, porque el vehículo informativo va tan rápido que no alcanzamos a meterle la mano, cuando ya ha pasado.
En un mundo donde la imagen vale mas que mil palabras y tomémonos un tinto, nosotros los pobres profes (y digo pobres por la precariedad de medios y herramientas didácticas empleadas, la poca capacitación y actualización que nos brindan y la escasa innovación pedagógica) no podemos competir con un menú de canales de t.v., cable y parabólica de todo tipo y de todas las áreas, las que nosotros "dictamos" y otras que son de mayor interés para los jóvenes que "educamos". Ni aun la más hermosa profesora y el más elegante profesor podría reemplazar las mil y una imagen de las divas y galanes de la pantalla. Ni lo que decimos magistralmente, ("chachara" para los jóvenes) puede suplir los equimiles links del Internet donde podrían encontrar lo mismo y más o más de lo mismo con solo hacer un clic.
T. S. Eliot se pregunta: ¿dónde queda el conocimiento que perdemos con tanta información? Y también se pregunta: ¿dónde queda la sabiduría que perdemos con tanto conocimiento?, tal vez para decir que no basta con tener toda la información sin saber que hacer con ella, Y no basta conocer sí no podemos resolver los problemas y situaciones de la vida práctica. Porque entonces quedaríamos como déspotas ilustrados o idiotas útiles o consumidores del saber o esclavos de la ciencia y la tecnología. Es decir, como lo planteaba Montaine: vale mas una cabeza bien puesta que repleta. Pero tenemos la sensación de que nuestros estudiantes ni repleta ni bien puesta. Aunque eso también hay que ponerlo en duda, porque también puede ser sólo una sospecha, y a lo mejor nos empiecen a demostrar lo contrario. Amanecerá y veremos. Mientras tanto quiero en forma agradable pero crítica y mordaz abarcar esta sospecha que tenemos y tratar de buscar sus posibles causas y manifestaciones y hasta, por que no, algunas aproximaciones a alternativas no de solución sino de concertación, porque no somos nosotros los que vamos, pretenciosamente, a "solucionarles su problemita", si es que lo tienen, también hay que ponerlo en consideración, sino ellos, los jóvenes, los que tienen que develar sus pensamientos, sus sentimientos, sus querencias, sus desavenencias, sus asuntos, sus presuntos, sus insultos aunque parezcan insulsos. Son ellos los jóvenes los que tienen el empoderamiento del mundo de hoy, y nos lo están gritando, nos lo están cantando en los corrillos, en los recreos y hasta en el fondo de los salones, donde pasa de todo y nadie sabe lo que pasa. ¿Y qué nos cantan? (ayer la venia tarareando una muchacha) "Por mí que se caiga la casa, la casa, la casa, la casa, la casa, la casaaaa...." (comienza con voz melodiosa y termina chillando). Y dice otro estudiante, en voz baja: "Y por mí que se caiga el salón." Son ellos, los jóvenes, los mismos que desprecian el poder de los que tienen el poder, al que tildan de anárquico, los que buscan el poder de la anarquía para mostrar su poder.
Ellos, los jóvenes de hoy, contra todo formalismo y todo formulismo, inmersos en una cultura de la muerte, de lo incierto, de la trasgresión y de la agresión, en un mundo donde hay que dudar de todo, aún de que se está dudando, presentan a mi juicio (si es que se puede hablar de juicio en estos días), unas características sui generis, producto de lo que muchos llaman "las subculturas juveniles".
Con temor a equivocarme, enunciaré algunas de esas inquietantes características de los Jóvenes de aquí y de ahora:
1. Ellos viven, precisamente, en una ola existencialista que promulga "el dasein" (aquí y ahora) del que nos hablaba Martín Heidegger. Para ellos el pasado ya se fue y el futuro no ha venido, por lo tanto no existe sino el presente que ya pasó, por lo tanto si el pasado no existe, si el futuro no existe y el presente ya pasó, para que preocuparse. ¿Quién quiere ser y para qué, en un mundo donde todo es pasajero? Por eso, este aquí y ahora, es también un aquí y ahora efímero. ¿Para qué la historia, dicen los muchachos, si el pasado fue terrible, el presente no lo es menos y el futuro es incierto? ¿Para que la geografía, si se acabaron las fronteras por orden de los imperios transnacionales y las políticas del F.M.I.? ¿Para qué la matemática, y la estadística si esto no resuelve en la práctica los problemas de más gente con hambre, más pobres, menos ricos, menos oportunidades de trabajo, multiplicación de la violencia, división de clases, perdón, esa palabra ya no cabe, quise decir estratos sociales, o de algunos países elevados a la única potencia? ¿Para qué el estudio de la lengua materna, si la UNESCO nos dice que somos analfabetas en el mundo de hoy los que no hablamos la lengua paterna, que es la que manda, okey? Y para qué la ciencia...para que la filosofía, eso es pa' locos y nosotros solo nos hacemos los locos? Para qué si de todos modos nos vamos a morir, dicen. Aquí y ahora, la rumba, el placer, la bacanería. Aquí y ahora "lo light". En cambio nosotros, los profes, vivimos en una cultura neoplatónica del imperio de la razón, del sueño futurista, de la construcción histórica del pasado. Y esto produce una ruptura generacional que nos está pesando y hasta matando.
2. Ellos viven, precisamente, la cultura "light". Se ha "macdonalizado la cultura" dice Héctor Lugo. Todo es ligero, todo es leve, todo es fácil, todo es vano, todo pasa y nada queda, a rey muerto rey puesto y enseguida el repuesto. Los chicos y chicas light comen comidita ligera: cambiaron la avena la arepa y la mazamorra, por café y gaseosa nutraswit, pizza y hot dog. Se ponen ropita ligera, están a la línea: usan ombliguera y descaderado, pantalones pélvicos, hilos dentales, escotes servientrega y sombreros de taití. Tienen relaciones efímeras. " -¿Cuantos meses tienen de novios? - Tres. - Huy, qué dinosaurios." Y, paradójicamente, oyen música pesada.
3. Ellos viven de la sospecha: Sospechan de la llegada del hombre a la luna, de los gobernantes, de los gremios, de las instituciones, de la bondad de las intenciones de los adultos. Dudan de todo, hasta de que están dudando. Y, por supuesto, nosotros, los adultos, sospechamos de ellos: De que no saben, de que algo está mal, de que no nos prestan atención, de que no le paran bolas a las evaluaciones, de que no hacen sus propias tareas. Y, claro, ellos piensan lo mismo de nosotros. Tal vez hemos perdido la fe los unos a los otros.
4. Ellos se sienten excluidos de una sociedad y de unas instituciones sociales manejadas por "esos viejos" de los que sospechan y resienten. ¿Será que nosotros estamos contribuyendo con nuestras propias paradojas, nuestras propias inconsistencias, nuestras propias intolerancias y nuestras propias dudas (hablo de la relación intrínseca pensamiento-lenguaje-acción), a ese sentimiento de exclusión de los jóvenes? Porque igual, ellos sienten que no los oyen, que no los atienden, que no los miran y por eso hacen toda clase de morisquetas para llamar la atención; sienten que nadie siente lo que ellos sienten. Y, bueno, tomen las banderas, les decimos, y ellos dicen, no creemos en banderas. Se excluyen ellos mismos porque no quieren incluirse en nuestros símbolos, ni en nuestros preceptos. La brecha generacional se expande y cada vez más estamos los unos de un lado y los otros del otro. Y empieza el jala-jala. Entonces, los hogares y las instituciones educativas, más parecen ring de pelea o campos de batalla que campos de formación. Estamos en una lucha de supervivencia de una generación "cucha" versus la nueva generación pepsi, la del vallenato pupi, y no piensen que esta disco esta rayao, es que sinceramente no sé qué les pasa. Pero…
Frente a este careo de tú a tú, de téte a téte, como dicen los franceses, entre la nueva generación - los jóvenes  y la generación anterior  la nuestra  a los maestros nos han legado un encargo donde lo que posiblemente hay que hacer primero lo dice el padre Atilano en sus pláticas mañaneras después de salir de sus clases de Ética con los duros de undécimo: “Habrá que hacer muchos diplomados dice  para  conocer bien y tratar a esta juventud de hoy, porque “francamente”, aquí hace énfasis el padre Ati. Y tal ves con estas francas palabras nos llama la atención sobre el caro encargo que tenemos los maestros.
 Pero, ¿cuál debería ser ese encargo hoy? Yo pienso que en la medida en que conozcamos estas nuevas estructuras, las comprendamos, las analicemos y emprendamos nuestro actuar docente desde sus presupuestos sin abandonar los nuestros, pero los nuestros de avanzada, no los presupuestos reaccionarios y retrógrados, sino presentarle a los jóvenes desde métodos más cercanos a ellos, desde contenidos más accesibles a ellos, desde proyectos que los hagan volar y sentir y por supuesto pensar, sin tener que recurrir a metalurgia pesada, ni a los afrodisíacos de los callejones del bajo mundo.
Nuestro encargo social sería arrimarlos a esa parte de la vida que vale la pena, a esos anhelos que construyen gente y sociedad, a esa parte chévere que se pinta de colores hoy y no se torna gris mañana, sino que sigue pintado de arco iris. Que entiendan que la bacanería también está en el placer de lo difícil, porque dice la canción de Silvio “lo fácil se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”. Que construyan sus propios proyectos vitales con autonomía, desde opciones esperanzadoras, críticas y creativas para que entiendan de qué lado están los buenos de esta tierra, y caminar con ellos, no se trata de que nosotros miremos hacia donde ellos miran, ni que ellos miren hacia donde nosotros miramos, sino que miremos juntos hacia el mismo lugar.
Para ello, y antes de preparar la próxima clase, debemos preguntarnos: ¿a quién formamos?, ¿por qué lo hacemos?, ¿para qué y cómo para que sea efectivo el aprendizaje?, ¿desde donde nos escuchan ellos y qué gritos nos pegan a diario para que los salvemos de sus propios espantos y de lo espantosos que a veces somos? Y sobre todo, ¿en qué tiempo y desde qué y para que sociedad y modelos los educamos? El ejercicio tal vez sea más complicado y pechado si nos ponemos a reflexionar sobre estos interrogantes, pero cuando lo hagamos de verdad con amor a esos seres incomprensibles pero tan necesarios, tendremos tal vez la satisfacción del encargo que nos ha legado esta sociedad. Y recuerden, nadie nos mandó a ser pobres y testarudos, nadie nos obligó a tener esta vocación por la que además nos pagan. Somos maestros y tenemos que asumir este reto: la juventud, de la cual nunca se logra lo que se quiere pero nunca se pierde lo que se hace.
   *Licenciado en Filosofía y Letras. Esp. En Docencia Universitaria.