El fanatismo es evitable con un poco de reflexión.
 Donaldo Cohen Castell

Es imposible analizar razonablemente la sociología del terrorismo sin una definición suficientemente clara de lo que se entiende, en cada caso, por terrorista, habitualmente se le confunde con el revolucionario y otras veces con el fanático. Pero no es lo mismo y a veces resulta ser lo contrario. Como observo Eric Fromm, “un revolucionario” no es la persona que participa en revoluciones, no es ni siquiera el rebelde que puede obrar, y de hecho obra, por otras razones, no necesariamente revolucionarias.
Todo depende del carácter de la persona. El rebelde tiene generalmente un carácter resentido, que lo inclina a las actividades destructivas. Pero se convierte en conformista una vez adquirido el poder que busca y que antes criticaba a los otros. Esta característica se observa frecuentemente en el terrorista, que combina el resentimiento con otro factor: El fanatismo. El mismo Fromm hace el análisis clínico del fanático de esta forma: El fanático es un narcisista. En realidad, una persona muy próxima a la psicosis (depresión combinada muchas veces con inclinaciones paranoides); una persona que como cualquier psicótico  esta totalmente desconectada del mundo exterior.
 Pero el fanático ha dado con una solución que lo pone a salvo de la psicosis manifiesta. Ha elegido causa, no importa cual, política, religiosa, cualquier otra y vive solo para su culto. Ha convertido esta causa en ídolo. De esta manera al someterse completamente al ídolo, le haya un sentido vehemente a la vida, una razón para vivir. En su sumisión, se identifica con el ídolo, al cual convierte en un absoluto. Con estos elementos podemos pisar un terreno más seguro: El terrorista no es un revolucionario y no es siempre un fanático solamente es una variedad del fanatismo, combinada con el resentimiento Casi siempre es incompatible por principio con la revolución.  Marx lo vio claramente y los primeros discípulos del socialismo científico se desvincularon totalmente y desde el principio de toda afiliación terrorista.
En el análisis del carácter, Fromm parte de una premisa muy fecunda y que guíe al analista en este peligroso sendero donde halla uno de todo, particularmente el prejuicio y la actitud emocional. En cualquier fenómeno político pasa lo mismo, aunque no se trate de revolucionarios ni de fanáticos, ni de terroristas o rebeldes. Tener una opinión es una cosa, tener una convicción es otra cosa. Una opinión es simplemente un producto del conocimiento. A veces no es más que un contagio de la comunidad en que se vive, pero aunque no tenga bases intelectuales, si no pasan hacer simple opinión no causa actitudes fanáticas, ni rebeldes y generalmente tampoco revolucionarias. Una opinión se convierte en convicción cuando se enraíza en la estructura caracterológica de una persona, respaldada por la energía contenida su carácter, y carácter es el destino del hombre. Ese carácter “como destino del hombre” (idea contenida en Heráclito, en Freud y repetida por Fromm), es lo que tiene el revolucionario y algo de que carece el fanático.
 La conclusión es clara: El terrorista viene a ser lo contrario del revolucionario, es en realidad el gran enemigo de la revolución, tanto mas perjudicial cuanto no lo sabe. Al contrario, está convencido de estar transformando a la sociedad. Su poder de contagio es enorme a medida que la sociedad en que vive produce resentidos que se vuelven fanáticos y finalmente terroristas. En este punto hay que estudiar otros factores muy complejos, empezando por el muy natural de la estructura social, a la cual se le pueden atribuir fácilmente todos los males del mundo: Cuando la opinión se convierte sin carácter. 
 *Sociólogo, gestor cultural y educativo.