EL OLVIDO EN TIERRAS DEL PEREGRINO.
Fabián Bohórquez Rivero.

Cuando por última vez llegó al pueblo todavía se hallaban flores en los jardines y helechos en las cocinas. Todo cuanto se podía observar en las paredes de barro, estaban revestidos de color rosa que sacaban de las hierbas que nunca florecieron; tratando de ocultar detrás de aquellos lujos artificiales y de la inclemencia de un pasado rotundo, trazado por la ignorancia del tiempo y ofuscado por los imprevistos de la naturaleza. Las calles permanecían humedecidas para que el polvo de la tierra no se llevara a ningún niño. Todas las casas con sus techos de palma y otras con hojas de cañas dulces, soportando el arduo sol incandescente en ningún día del año, puesto que ninguno conocía al tiempo como tal. Soplaban los vientos de ignorancia sobre las cañas sembradas en los patios hasta alcanzar la mente sin sentimiento. Lo único que hablaba era su instinto. Nunca habían sentido las caricias del viento. El matriarcado solo se dedicaba a traer niños al mundo, tratando de olvidar la tragedia que había marcado a aquella estirpe grande. No podían disimular la tristeza cuando veían a los niños jugar como solían hacerlo en cualquier momento del día. Caían de bruces en el suelo, en los jardines; aun dormidos morían. Las madres con la incertidumbre trataban de buscar la manera de colocar sus niños a salvo, los metían en los canastos de las semillas de cañas, en la tierra eran enterrados hasta el cuello durante el día, y en la noche les roseaban agua, les colocaban un collar de ajo en el cuello. Cuando dormían crujían y rasgaban los dientes; se saboreaban sin tener nada en sus bocas, tanto las mujeres como los hombres sentían el temor en sus ojos callados; por aquel fenómeno inexplicable que acababa con la estirpe grande. Observaron todas las cosas que tenían en su entorno tratando de buscar el animal que acababa con sus niños, lejos para siempre e indiferente al dinamismo de una lombriz en la lucidez de una luna. Sólo sobrevivió cuando su madre colocó en el camino un grupo de niños que murieron en los vergeles, poco tiempo después que él subiera por el camino hacia la montaña que tenía un copo de nieve, pensando que el frío lo conservaría en el tiempo y espacio de la vida.
 

Cuando las auras eran inmutables se dio cuenta que estaba en la punta más alta y más grande del mundo, algo que él nunca había visto conduciéndolo a explorar la extensión más hermosa del mundo, fue tanto su recorrido que conoció el delfín rosado del mar de agua dulce y caminó todo el pulmón del mundo, conociendo las plantas carnívoras que devoraban a un venado, dividió la tierra en un canal que permitía que los peces cambiaran de habitación en otros océanos; sembró manglares a la orilla del mar y cultivó sus semillas en el resto del mundo, de tal forma que cuando volvió trajo en su regazo parte de un desierto que colocó en el centro de aquel paraíso que él mismo estaba formando, consiguió una sucesión de montañas que dividió en tres. Además del líquido oscuro y las piedras negras que sembró en gran escala, trajo toda clase de bastimento y frutas agradables: El ñame espino, el banano maduro, la yuca para los cerdos y la ahuyama para los burros, el café en granos (plantitas), el aguacate grande, el arroz de oriente y las palmeras de aceite.
 

Cansado por el tiempo y agotado por los caminos, llegó a la playa cerca de unos manglares, y escucho a lo lejos el cuchicheo y los gritos de júbilo de algunos niños que jugaban en el mar, cuando los niños lo vieron ya no era aquel niño inocente que salía en busca de la vida, ahora era un viejo triste con sus pies destrozados por los caminos, y con unas uñas de animal salvaje, se encontraba en la arena debajo de los manglares.
Cuando llegó a la orilla del pueblo observó que todo estaba igual y en el mismo orden de aquel día en que salió, las casas eran iguales, las madres eran las mismas, los niños no habían crecido como si el tiempo se hubiese olvidado de ellos, y como si él hubiera sido inmune a las ofertas del tiempo; porque ahora era un espanto de peregrino feliz, golpeado por los pedazos de caña que le lanzaban, fatigado le tocaba volver a los manglares.


Los niños cuando iban a jugar a la playa se le acercaron para cuestionarle, haciendo toda clase de preguntas le decían: ¿De dónde eres?, ¿Cómo te llamas?. Aquel niño grande trato de responderles, pero le fue imposible porque la soledad del mundo y el abrazo del tiempo lo habían atrofiado. Cuando llegó la noche el rocío de la luna y el olor de la infancia traían unas briznas de nostalgia, sus lágrimas se habían cristalizado. La mañana no dio espera y pronto como amaneció saltaron de sus tablas y fueron a ver al anciano crepuscular que apenas estaba aprendiendo a hablar. Todo el día lo escucharon con su acento inexplicable y detrás de aquellas palabras brotaba la lucidez de conversión e insistiendo acerca de un lugar donde se puede ver el fin de la tierra y la habitación del sol, un lugar donde el cielo se toca con la tierra y las golondrinas descansan en las nubes; toda aquella fantasía había sido culpable que esa noche no pudieran concebir el sueño pensando que tal vez existiera tal lugar mencionado por el anciano.
 

Cuando fueron a despertarle lo vieron tendido en la arena debajo de los manglares, rodeado de dibujitos que él mismo había hecho. En medio de una agonía y despertando en un sueño de mortal cuando se aproximaba las penumbras de la muerte vio una icotea comiendo retoños en lo más alto de una ceiba y un bonsái de guanábana con dos guanábanas inmensas, descansando sobre los pétalos de girasoles moría lentamente.
Los niños nunca pudieron olvidar aquel momento enmarcado por la tristeza y el asombro; pero aquel día en medio de la zozobra y las lágrimas nunca fueron tan lúcidos. Salieron por los bosques, por las llanuras, en busca de aquel paradisíaco lugar. Cuando llegaron al copo de la montaña, vieron el resto del mundo inundado de flores, era una realidad que no podían creer; vieron en el bosque, que brotaba del follaje de los árboles un manantial de miel, y en el cielo pasaba una nube de mariposas para darle la libertad a las briznas del mar y al bagaje de los pétalos. Descendieron alegres retozando de felicidad porque la creación tenía una segunda oportunidad sin que las rosas, gardenias y matices dejaran de florecer en el olivo de un peregrino infeliz.