La Entrega

Juan Carlos Sánchez Ballestas

“Cuando no sabemos a qué puerto nos dirigimos todos los vientos son favorables.” - Séneca.

 

El hombre caminó hasta la reja de hierro. A los lados tenía unos muros que prácticamente, eran una larga paredilla de ambos lados. Eran como las cinco de la tarde, la noche caía como de costumbre, pero esta vez parecía que iba a llover. La brisa suave hacia titiritar de frío al hombre que miraba directo a la casa que tenía enfrente de él. Al momento en que el hombre prendía un cigarrillo, una de las ventanas que daban al jardín de entrada, se iluminó; la ventana tenía una cortina con encajes de color blanco, estilo árabe. Al instante se vio la silueta de una mujer; ésta se dirigió hacia la ventana, vestía ropa deportiva y tenía puesta una sudadera muy ligera de color azul marino que marcaba su linda figura de modelo. Miró hacia la reja, pero no vio a ninguno, enseguida observó el jardín y vio un ruiseñor cantando incesantemente en una ramita de olivo. Las margaritas estaban un poco marchitas, lo mismo que las rosas; observó las trinitarias, azucenas y lo mismo que las flores de pascua; miró las hermosas hojas del helecho y las del césped japonés. El hombre estaba escondido en uno de los muros, y al momento cuando quiso mirar de nuevo a la ventana vio a la mujer; porque se había quitado de la ventana. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó, se metió la mano derecha en el dril y sacó unas llaves, y se dirigió al carro que tenía parqueado cerca. Entró al auto y se perdió a lo largo de la carretera oscura y con luciérnagas por todos lados. Mientras tanto, la bella mujer se deshizo de la vestimenta, entró al baño y prendió el grifo; el agua corría por su cuerpo esbelto, tierno y delicado, mostrando unos senos vírgenes. Después que se bañó, se untó una crema olorosa en su piel y le agrego un perfume francés; la mujer frisaba en los treinta años, poseía unos ojos pequeños color café, cabellera negra, boca pequeña de labios sutiles y de barba fileña, eran como las siete de la noche, y parecía que iba a llover, se estaba formando un tiempo. La mujer caminó hacia la ventana y la cerró. Le rodó la cortina y le colocó su seguro, enseguida prendió una lamparita que reposaba en una mesita al lado de la cama. En la mesita se encontraba un libro, ella lo tomó, se recostó en la cama y acomodo la almohada detrás de la cabeza. El libro era “El fantasma del pasado”, de la autora Elizabeth Adler, la mujer disfrutaba cada página de la magistral novela que dio mucho de que hablar en su época; después de leer como dos horas se quedó dormida y el libro lo dejó caer a un lado de la cama. Parecía una diosa envuelta en un manto de deseo y pasión. A la mañana siguiente, se bañó y desayuno algo suave, hizo una llamada por teléfono, tomo la cartera que tenía en la mesa del comedor y salió fuera. La mañana era fresca. Se dirigió a la puerta del garaje, la abrió y saco el carro. La puerta se deslizo sola y se cerró automáticamente. Ella iba para su trabajo en la Industria de Productos Plásticos donde salía como a las cuatro de la tarde. Después de manejar mucho llego a la Industria y el portero le dijo:
_Hola, Daniella.
_¡Que tal!_ Dijo ella distraídamente.
Condujo el carro, lo estacionó y le puso el seguro, y se dirigió como siempre a su oficina en el segundo piso. Ya en su oficina, e instalada en su computador, comenzó a trabajar, como a pasar unas facturas; al instante prendió una pequeña grabadora y escuchó música de Ludwing Van Beethoven. En la parte derecha tenía un afiche más bien pequeño, de la actriz francesa Brigitte Bardot, de la película “Y Dios creó la mujer” dirigida por Roger Vadim, francés, en el año 1956. El compañero del lado le dijo: “Daniella”. “Si” _Contesto ella.
_Ayer estuve cerca de tu casa.__Le comento el compañero.
_¿Y por qué no entraste, Paul Wiclef?. _Pregunto ella.
_No quise molestarte. _Le contesto Paul Wiclef.
_No es molestia, estamos trabajando en la misma empresa, y tú eres muy especial conmigo…
_De todas maneras gracias, Daniella. Me haces recordar aquella frase de William Shakespeare que dice:
“El cobarde muere mil veces y el valiente solo una”.
_Veo que te gusta leer a Shakespeare. _Le dijo ella.
_Es uno de mis escritores predilectos desde la universidad.
_Ya lo veo _Le contestó ella sonriente y agregó: “Sabes, Sarah Bernhardt dijo: Detrás de todas las cosas que aman las mujeres siempre hay alguien….”
_Un pensamiento muy comprometedor _Le dijo Paul Wiclef, un poco instintivo y acercándose. A lo que ella agrego: “Paul, hoy es viernes, si quieres, ven a mi casa” Le dijo súbitamente
_Daniella Marath eres obsesiva. _Le contestó Paul Wiclef.
_Soy así. _Le dijo ella con una sonrisa en la boca, distraídamente.
La noche era hermosa, un firmamento cubierto de estrellas fugaces, la ciudad en movimiento, vehículos muy pocos circulaban, algunos almacenes cerrados y otros invitando a comprar. En un parque un joven tocaba la guitarra, con elegancia y destreza, una de las canciones del famoso y mundialmente conocido Igor Stravinski, “pájaro de fuego”… Cartagena de indias, de noche era esplendorosa y poética, ciudad de embrujo y de amores furtivos, un canto a la tradición y una oda sublime de la historia de la humanidad. Cartagena es hermosa. Paul Wiclef estacionó el auto cerca donde vivía Daniella Marath. Paul abrió la reja, pasó el jardín y tocó el timbre. La noche era tentativa, y la brisa fría del mar golpeaba las ventanas y hacían un ruido de vidrio caído. Al momento, Daniella miró por la ventana y abrió la puerta. Entro Paul Wiclef y pasaron a la sala amplia y cómoda; se tomaron unos tragos de whisky, Daniella se quito el walkman y lo coloco en una mesita. Había en el ambiente una excitación sofocada, el aroma de un perfume se conjugaba en el momento. Después de hablar y reír, Daniella se levantó y fue a la cocina, regreso con unas uvas. El deseo, el ansía se desbordó en el momento en que Paul beso en la boca a Daniella, y ella se rindió en sus brazos en una entrega total. Instantes de placer y dicha colmaron los minutos. En un afiche que estaba en la pared de enfrente se leía, en la parte de abajo: “El amor es la compensación de la muerte”, y al lado el nombre del filosofo Schopenhauer. Los cuerpos se conjugaron en ese momento pasional de iniciación, donde solamente se cree en una sola cosa, el amor puro y verdadero. A la mañana siguiente, Daniella Marath se encontraba sola en la cama con medio cuerpo destapado. El trinar de los pájaros en el jardín, el sol que se reflejaba en la ventana alumbraba toda la alcoba, la despertaron, estiró los brazos y se pasó los dedos por los ojos, se levantó de la cama y se vistió con una pijama color rosado bajito. Miró el reloj de la pared y dijo: “Es tarde ¡Dios mío!. Entró al baño y se ducho, y se dejó caer sobre su cuerpo toda el agua que pudo, ése día no iría a la industria de productos plásticos, se sentía cansada de la noche anterior. Se puso una toalla y entró a la cocina. Se recogió el cabello con una moña que parecía una mariposa en una flor. De la mesa tomó dos manzanas bien maduras y un tenedor y se dirigió a la sala donde se sentó en el sofá; primero prendió el equipo de sonido, sintonizó una emisora que tenía puesto un vallenato de los Zuletas, en volumen bajo; después prendió el televisor donde estaban presentando el noticiero de las siete A.M y le asombró una noticia importante, la muerte de la poetisa María Mercedes Carranza. Al momento sonó el teléfono, pero ella no se levantó del sofá, sino después que sonó tres veces tomó el auricular y dijo:
_Si. Soy yo, Jean Pablo Carretto.
_¡Ah! Si querido, ¿dónde te encuentras?
_Estoy aquí en Cartagena de Indias, en media hora estoy contigo, Daniella, me encuentro en el aeropuerto.
Daniella se quedó viendo lejos, y su mirada se perdió en el más allá.