REVISTA VESTIGIOS

Los ratos tristes de un hombre llamado pintor.


Fabián Bohórquez Rivero.

Un viento apacible invade la casa de bahareque que por muchos años se había mantenido igual, con su techo de palmas, con sus paredes adornadas de enormes grietas, con la humildad de un canal en su palma, y el inconfundible aroma del toronjil que nacía solo, muy cerca de la puerta falsa que se hallaba en la única habitación. Muchos robles tapizaban el cielo de su patio, los meses de invierno hacían colmar en lo último del patio grandes mazos de vijao, solo quienes vendían tamales sabían cuales eran los portillos apropiados para robar, y las horas exactas en los cuales Rino, y su abuela Cata, salían a almorzar. Habían pasado gran parte de su vida, de una forma inseparable, unidos por el amor, y unas manos sigilosas que guardaban un gran afecto por el arte, que ambos compartían. Concibieron los mismos ideales, los mismos gustos, y una profunda amistad, aun, cuando a altas horas de la noche él traía a su memoria los recuerdos frescos de su amarga infancia, y con un gesto de risa decía:
_Vieja, usted se acuerda. _Y empezaba con gran elocuencia a narrar aquellas experiencias que nunca pudo olvidar, como la vez que lo puso a orinar sobre las brasas para que no lo hiciera en la cama de lona. En efecto, fue Cata quien hizo que perdiera la costumbre de pedir agua en la madrugada. Una tarde en la que encontró unos meloncitos de zorra, y deseosa de que oscureciera los guardó para antes de dormir dárselos en pedacitos como un regalo, consciente del amargo que se siente tomar agua después de haber comido melón, no durmió con la ansiedad de ver el rostro de Rino cuando sintiera la hiel en su boca, y en efecto fue así, pudo contemplar la agonía en los ojos del niño cuando el agua que tomaba, no saciaba su sed.
Pasaron muchos años para que Rino perdiera su inocencia, él mismo fue descubriendo un mundo diferente en sus sensaciones. Una tarde entre oscuro y claro, cuando se encontraba en lo más alto de un roble tumbando semillas, y vio a Yara, estaba desnuda bañándose al lado de una tina, sobre una piedra. Ella lo descubrió y por un momento permaneció hermética, luego con un saludo de su mano, sonrió como si nada hubiera pasado, y continúo bañándose tan esbelta y sencilla como siempre. Él descendió muy rápidamente con su rostro pálido, intentó olvidarlo tirándole piedra a los robles, reparando como se ocultaba el sol, pero nada le hacía olvidar esas imágenes que lo atormentaban. Fue entonces cuando comprendió que hay cosas que nadie las debe saber, ni su abuela que hacia la siesta de tres a cinco de la tarde para luego ir a cenar. Esa tarde Rino trataba de mantener la calma, cuando su abuela lo convido como siempre lo hacía al salir a comer, él con un suspiro profundo como quien descansa de algo, no tardo en decir:
_Hoy no me provoca.
Su abuela se sobresaltó sin comprender lo que pasaba, con un poco de sueño y pérdida del tema.
_¡Quédate, pero mañana te voy a enseñar a pintar! _Exclamó la anciana.
  Esa noche, mientras dormían, observó que Rino hacia unos movimientos extraños y comprometedores, lo dejó para ver hasta donde llegaba, pero la sorprendió el sueño mientras Rino retozaba en la cama de tijeras, la cual no aguantó y se cerró de tal forma que quedo envuelto como un bollo sanjuanero, a esa hora se levantó con los pasos muy suaves para que Cata no se despertara. Él sabía que esa semana sería crucial en su vida. En la mañana cuando se levantó, encontró un lienzo sobre un tablero, dispuesto para que iniciara el arte en sus manos, con acuarelas y pinceles la anciana le preguntó en que se inspiraría. Él cabizbajo por el tormento de la noche, se limitó a decir:
_En mis sueños.
Desde entonces debieron pasar pocos días para que ambos llenaran las paredes de pinturas, de lienzos que además servían para tapar las grietas. Mientras pintaban en el patio, él tenía innumerables preguntas que no carecían de una respuesta.
_Vieja, ¿usted sabe cocinar? _Ella lo miró a los ojos, y le dijo:
_Las mujeres inteligentes no nacimos para eso. _Ella seguía pintando con sus arrugadas manos, mientras Rino, inquieto le decía:
_Abuela, voy al baño. _Ella permanecía en silencio, y él comprendía que podía ir, cuando él se levantaba, ella le respondía como solía hacerlo:  
_Pero sin masturbarse porque se te seca la mano.
A él le parecía que ella sabía más de lo que ella pensaba que sabía, porque una tarde mientras se alistaban para salir a comer, una mariposa grande salió de entre las palmas y a Cata se le salió un grito:
_¡Rino, mátala con la escoba!
Pero él nunca comprendió cuál fue la causa de aquel escándalo. Fue por esos días cuando Rino le preguntó cuál era la causa de que en cualquiera casa que llegaban le brindaban toda la comodidad y también comida. Ella en más de una ocasión eludió aquella pregunta, hasta un día que no soporto más y le contestó:
_Porque salgo con mi pie izquierdo.
Permaneció en silencio como lo hacía siempre antes de dar una respuesta y continúo pintando. Rino nunca comprendió el significado de aquella respuesta, porque se dio cuenta que a su abuela ya empezaban a olvidárseles algunas cosas, como las horas del día, los cuadros que tenían un significado, las mentiras de Rino, y se olvidaba que sus pies ya no le daban para caminar y sus ojos empezaban a ver manchas.
Vinieron días difíciles, la anciana no se levantaba de la cama de lona. A Rino le tocaba hacer un fogón y poner a calentar agua, de modo que cuando la anciana escuchaba un ruido en el bijao daba un grito de júbilo:
_¡Estas oyendo Rino, llegó la bendición! _Y hay estaba en efecto, una gallina copetona, la mataban y comían todo el día. La vida había empezado a evolucionar tan rápido que Rino ya había madurado, y en más de una ocasión intento sonsacar a Yara, que tenía casi el doble de su edad, para que se pasara por la cerca. Se mantenía ocupado podando los robles, limpiando las jaulas viejas que alguna vez atraparon canarios, quemando las hojas secas, armando lazos para coger conejos. Mientras sobre una cama de lona, muy tristemente se hallaba una anciana que se ahogaba sola en su delirio, narrando cuentecillos cortos a niños imaginarios. Rino había adquirido una gran habilidad para pintar. Una noche mientras colocaba un lienzo, apareció de nuevo la mariposa enorme y pudo experimentar un gran miedo que empezó a llorar lágrimas vivas, sintió que muchas hormigas corrían por su cuerpo, y que un animal intentaba salirse de su pecho. En la mañana, Rino miró a su abuela con ojos de misericordia, tanto así, que la cargo en sus brazos y la colocó en la cama de tijeras mientras componía la lona, sin sospecha alguna de que ya no cantaba ni narraba cuentos a sus niños imaginarios. Fue en la noche cuando termino de pintar un roble, que entró en el cuarto y un olor fétido inundaba toda la casa, entonces cayó en cuenta de que estaba muerta. Tomó una pala y a esas horas, tomó la decisión de todos los mortales: Sembrarla profunda para que nadie la pudiera exhumar. Al final del patio, cerca del bijao, con su lona de toda la vida, y con los indescifrables cuadros que una vez pinto, la sepultó para siempre.
Rino se había vuelto un animal insensible, no tuvo el corazón ni el tiempo para rendirle unas exequias a quien le había enseñado a mirarse las manos, y quien muchas veces le mató el hambre. Aunque después de la muerte, aun seguían llegando gallinas sin dueños a picotear en el patio. Los vecinos incautos sospechaban del asunto, una que otra cocinera sostenían un cuchicheo. Aún los hijos de Mariela, la señora que en más de una ocasión les brindó comida, intentaban tumbarle las paredes y con gritos bajos le decían:
_Desgraciado, nos vas a matar como tú abuela.
La misma Carmona, la mujer que les daba tamales a cambio del bijao, se metió con sus cinco hijos y arrancaron todas las matas. Desde entonces Rino entró en una rutina como las que solía hacer en los veranos de su infancia, sin importarle las calumnias de los prepotentes ni las amenazas de los insensibles. Todos los días saca lombriz debajo de la canal, respira el suave aroma del toronjil, quema una basura y en la tarde camina sobre las hojas secas para escuchar su ruido, mientras ráfagas de viento golpean las copas de los robles. Mira hacia el cielo como cuando era niño, y allí vienen de nuevo, las semillas como enloquecidas buscando refugio en el viento, y manteniendo su pureza sutil, con las imágenes más nítidas de toda su vida, de las cuales sólo el tiempo borraría.