Sin titulo
Napoleón Garrido Alvis

I.
Pedro era una precipitación de laderas
contra el asombro.
De esa hojarasca, a la medida exacta de la gloria,
la zozobra hunde sus eslabones perdidos
en la sangre,
las vísceras de la mujer sacudida hasta el desgano,
como una luz que atardece.
Pedro era un huracán del deseo de la piel,
hasta que le estrujaron la soledad que tiene.
Antes, trepó el instinto de la fibra del árbol,
ese vaivén de certezas plasmáticas,
donde lo orgánico tiende a echar raíces
y el tiempo se apretuja más y permanece.
Ahora es un barranco del viento en la madera
o como respiración de gente callada.
Seres comunes en el tiempo se escurren por sus driles
como el trasteo de una puta su sombra
o la matriarca tiranía de Tía Carmen
que escapa en sí misma.
Tendrá quizá el respetable estilo de un abuelo
y la mirada endeble en el pasado
y es una tristeza con manos de abandono.
Claro, ahora está guindando del otoño del roble.