REVISTA VESTIGIOS

Una noche de terror 


Moisés Morante Narváez*

 

 

Teresita Castillo, acabó de lavar los platos de la cena, tiró el agua de enjuagar sobre las matas del jardín de mi madre y volteo las poncheras boca abajo sobre la troja de la cocina, se dio vuelta para ir a descansar; el niñito siempre asido a su falda le seguía un paso atrás, pendiente porque ella se lo llevaría para la ciudad de Cali, en ese instante cedió el piso de la cocina y el niño Marcel cayó al fondo de la poza.
En mi pueblo, nunca hubo acueducto y mucho menos alcantarillado, por lo que al adquirir un solar para construir una casa, la mitad del patio se usaba para hacer un tanque de cemento y recoger por canales de zinc el agua de lluvias de los techos, además de construir la poza séptica de los baños. El agua de lluvia, el agua negra del lavado de ropa y el agua de lavaza se regaba en el patio y siempre salía a la calle formando un fango fétido que era absorbida en las calles y callejones no pavimentados. Cuando esa poza séptica que así la llamaban se llenaba, tocaba construir otra, pero en la medida que el tiempo pasaba ya nadie recordaba en donde se habían construido las anteriores.  
Esa noche cedió el piso o techo de una poza vieja y todos los calderos, platos, jarras y poncheras cayeron en el ancho y profundo hueco, al que también fue a templar Marcel mi hermano. El niño gritaba y lloraba, todo era obscuro, la impresión dejó atónitos a los habitantes de la casa, con el ruido producido, pronto llegaron los vecinos del barrio y en la aglomeración aparecieron varias sugerencias para el rescate.
Al borde del gran foso quedó el tanque de cemento de 4 metros de alto por 2.5 metros de diámetro, que peligraba caer sobre este y aplastar a mi hermano y a quien osara meterse o bajar, alguien sugirió una escalera pero en otros afloró la conjetura que podría hundir más el hueco, los focos de mano aparecieron y algo alcanzaban ver en la profundidad, el foso abierto estaba seco, las excrecencias antiguas y el agua de inodoros se habían filtrado por las paredes y el nivel freático estaba bajo, por lo que asumo era en verano. 
Mi madre lloraba, algunos la consolaban compungidos y el tiempo pasaba, el niño seguía llorando y las voces lo apaciguaron y él afirmaba que estaba bien. Desde Gambotico subía por la calle 23 en su jeep, Juan Zorra, ese nombre me lo grabé de inmediato, debía ser un apodo, al ver el tumulto, preguntó por el suceso. De inmediato sacó una cabuya del carro y haciendo un nudo, se lo tiró al niñito que tranquilo logró asirse a la punta del cáñamo y fue izado, con los vítores de los presentes y las felicitaciones al nuevo héroe y al rescatado.
Después de tranquilizarlo y bañarlo, la vecindad seguía llegando, la casa atiborrada de gentes, no dejaban sitio para dar un paso, hasta que la elocuencia que siempre tuvo Marcel, les pidió que se retiraran y agradeció su presencia.
Al día siguiente llegó mi padre de la finca y contrató un camión lleno de tierra para rellenar la fosa, estoy seguro de que, si hiciéramos un estudio arqueológico, encontraremos todos los elementos que estaban en el mesón de la cocina esa noche.

       

        *Médico cirujano.